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El Santo Padre habla en el Congreso de EUA


Radio Vaticana




El 24 de septiembre el Papa Francisco fue recibido en una audiencia conjunta por Congreso de Los Estados Unidos

El texto completo de sus palabras en el congreso es el siguiente:

Les agradezco la invitación que me han hecho a que les dirija la palabra en esta sesión conjunta del Congreso en «la tierra de los libres y en la patria de los valientes». Me gustaría pensar que lo han hecho porque también yo soy un hijo de este gran continente, del que todos nosotros hemos recibido tanto y con el que tenemos una responsabilidad común.

Cada hijo o hija de un país tiene una misión, una responsabilidad personal y social. La de ustedes como Miembros del Congreso, por medio de la actividad legislativa, consiste en hacer que este País crezca como Nación. Ustedes son el rostro de su pueblo, sus representantes. Y están llamados a defender y custodiar la dignidad de sus conciudadanos en la búsqueda constante y exigente del bien común, pues éste es el principal desvelo de la política. La sociedad política perdura si se plantea, como vocación, satisfacer las necesidades comunes favoreciendo el crecimiento de todos sus miembros, especialmente de los que están en situación de mayor vulnerabilidad o riesgo. La actividad legislativa siempre está basada en la atención al pueblo. A eso han sido invitados, llamados, convocados por las urnas.

Se trata de una tarea que me recuerda la figura de Moisés en una doble perspectiva. Por un lado, el Patriarca y legislador del Pueblo de Israel simboliza la necesidad que tienen los pueblos de mantener la conciencia de unidad por medio de una legislación justa. Por otra parte, la figura de Moisés nos remite directamente a Dios y por lo tanto a la dignidad trascendente del ser humano. Moisés nos ofrece una buena síntesis de su labor: ustedes están invitados a proteger, por medio de la ley, la imagen y semejanza plasmada por Dios en cada rostro.

En esta perspectiva quisiera hoy no sólo dirigirme a ustedes, sino con ustedes y en ustedes a todo el pueblo de los Estados Unidos. Aquí junto con sus Representantes, quisiera tener la oportunidad de dialogar con miles de hombres y mujeres que luchan cada día para trabajar honradamente, para llevar el pan a su casa, para ahorrar y –poco a poco– conseguir una vida mejor para los suyos. Que no se resignan solamente a pagar sus impuestos, sino que –con su servicio silencioso– sostienen la convivencia. Que crean lazos de solidaridad por medio de iniciativas espontáneas pero también a través de organizaciones que buscan paliar el dolor de los más necesitados.

Me gustaría dialogar con tantos abuelos que atesoran la sabiduría forjada por los años e intentan de muchas maneras, especialmente a través del voluntariado, compartir sus experiencias y conocimientos. Sé que son muchos los que se jubilan pero no se retiran; siguen activos construyendo esta tierra. Me gustaría dialogar con todos esos jóvenes que luchan por sus deseos nobles y altos, que no se dejan atomizar por las ofertas fáciles, que saben enfrentar situaciones difíciles, fruto muchas veces de la inmadurez de los adultos. Con todos ustedes quisiera dialogar y me gustaría hacerlo a partir de la memoria de su pueblo.

Mi visita tiene lugar en un momento en que los hombres y mujeres de buena voluntad conmemoran el aniversario de algunos ilustres norteamericanos. Salvando los vaivenes de la historia y las ambigüedades propias de los seres humanos, con sus muchas diferencias y límites, estos hombres y mujeres apostaron, con trabajo, abnegación y hasta con su propia sangre, por forjar un futuro mejor. Con su vida plasmaron valores fundantes que viven para siempre en el alma de todo el pueblo. Un pueblo con alma puede pasar por muchas encrucijadas, tensiones y conflictos, pero logra siempre encontrar los recursos para salir adelante y hacerlo con dignidad. Estos hombres y mujeres nos aportan una hermenéutica, una manera de ver y analizar la realidad. Honrar su memoria, en medio de los conflictos, nos ayuda a recuperar, en el hoy de cada día, nuestras reservas culturales.

Me limito a mencionar cuatro de estos ciudadanos: Abraham Lincoln, Martin Luther King, Dorothy Day y Thomas Merton.

Estamos en el  ciento cincuenta aniversario del asesinato del Presidente Abraham Lincoln, el defensor de la libertad, que ha trabajado incansablemente para que «esta Nación, por la gracia de Dios, tenga una nueva aurora de libertad». Construir un futuro de libertad exige amor al bien común y colaboración con un espíritu de subsidiaridad y solidaridad.

Todos conocemos y estamos sumamente preocupados por la inquietante situación social y política de nuestro tiempo. El mundo es cada vez más un lugar de conflictos violentos, de odio nocivo, de sangrienta atrocidad, cometida incluso en el nombre de Dios y de la religión. Somos conscientes de que ninguna religión es inmune a diversas formas de aberración individual o de extremismo ideológico. Esto nos urge a estar atentos frente a cualquier tipo de fundamentalismo de índole religiosa o del tipo que fuere. Combatir la violencia perpetrada bajo el nombre de una religión, una ideología, o un sistema económico y, al mismo tiempo, proteger la libertad de las religiones, de las ideas, de las personas requiere un delicado equilibrio en el que tenemos que trabajar. Y, por otra parte, puede generarse una tentación a la que hemos de prestar especial atención: el reduccionismo simplista que divide la realidad en buenos y malos; permítanme usar la expresión: en justos y pecadores. El mundo contemporáneo con sus heridas, que sangran en tantos hermanos nuestros, nos convoca a afrontar todas las polarizaciones que pretenden dividirlo en dos bandos. Sabemos que en el afán  de querer liberarnos del enemigo exterior podemos caer en la tentación de ir alimentando el enemigo interior. Copiar el odio y la violencia del tirano y del asesino es la mejor manera de ocupar su lugar. A eso este pueblo dice: No.

Nuestra respuesta, en cambio, es de esperanza y de reconciliación, de paz y de justicia. Se nos pide tener el coraje y usar nuestra inteligencia para resolver las crisis geopolíticas y económicas que abundan hoy. También en el mundo desarrollado las consecuencias de estructuras y acciones injustas aparecen con mucha evidencia. Nuestro trabajo se centra en devolver la esperanza, corregir las injusticias, mantener la fe en los compromisos, promoviendo así la recuperación de las personas y de los pueblos. Ir hacia delante juntos, en un renovado espíritu de fraternidad y solidaridad, cooperando con entusiasmo al bien común.

El reto que tenemos que afrontar hoy nos pide una renovación del espíritu de colaboración que ha producido tanto bien a lo largo de la historia de los Estados Unidos. La complejidad, la gravedad y la urgencia de tal desafío exige poner en común los recursos y los talentos que poseemos y empeñarnos en sostenernos mutuamente, respetando las diferencias y las convicciones de conciencia.

En estas tierras, las diversas comunidades religiosas han ofrecido una gran ayuda para construir y reforzar la sociedad. Es importante, hoy como en el pasado, que la voz de la fe, que es una voz de fraternidad y de amor, que busca sacar lo mejor de cada persona y de cada sociedad, pueda seguir siendo escuchada. Tal cooperación es un potente instrumento en la lucha por erradicar las nuevas formas mundiales de esclavitud, que son fruto de grandes injusticias que pueden ser superadas sólo con nuevas políticas y consensos sociales.

Apelo aquí a la historia política de los Estados Unidos, donde la democracia está radicada en la mente del Pueblo. Toda actividad política debe servir y promover el bien de la persona humana y estar fundada en el respeto de su dignidad. «Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que han sido dotados por el Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos está la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad» (Declaración de Independencia, 4 julio 1776). Si es verdad que la política debe servir a la persona humana, se sigue que no puede ser esclava de la economía y de las finanzas. La política responde a la necesidad imperiosa de convivir para construir juntos el bien común posible, el de una comunidad que resigna intereses particulares para poder compartir, con justicia y paz, sus bienes, sus intereses, su vida social. No subestimo la dificultad que esto conlleva, pero los aliento en este esfuerzo.

En esta sede quiero recordar también la marcha que, cincuenta años atrás, Martin Luther King encabezó desde Selma a Montgomery, en la campaña por realizar el «sueño» de plenos derechos civiles y políticos para los afro-americanos. Su sueño sigue resonando en nuestros corazones. Me alegro de que Estados Unidos siga siendo para muchos la tierra de los «sueños». Sueños que movilizan a la acción, a la participación, al compromiso. Sueños que despiertan lo que de más profundo y auténtico hay en los pueblos.

En los últimos siglos, millones de personas han alcanzado esta tierra persiguiendo el sueño de poder construir su propio futuro en libertad. Nosotros, pertenecientes a este continente, no nos asustamos de los extranjeros, porque muchos de nosotros hace tiempo fuimos extranjeros. Les hablo como hijo de inmigrantes, como muchos de ustedes que son descendientes de inmigrantes. Trágicamente, los derechos de cuantos vivieron aquí mucho antes que nosotros no siempre fueron respetados. A estos pueblos y a sus naciones, desde el corazón de la democracia norteamericana, deseo reafirmarles mi más alta estima y reconocimiento. Aquellos primeros contactos fueron bastantes convulsos y sangrientos, pero es difícil enjuiciar el pasado con los criterios del presente. Sin embargo, cuando el extranjero nos interpela, no podemos cometer los pecados y los errores del pasado. Debemos elegir la posibilidad de vivir ahora en el mundo más noble y justo posible, mientras formamos las nuevas generaciones, con una educación que no puede dar nunca la espalda a los «vecinos», a todo lo que nos rodea. Construir una nación nos lleva a pensarnos siempre en relación con otros, saliendo de la lógica de enemigo para pasar a la lógica de la recíproca subsidiaridad, dando lo mejor de nosotros. Confío que lo haremos.

Nuestro mundo está afrontando una crisis de refugiados sin precedentes desde los tiempos de la II Guerra Mundial. Lo que representa grandes desafíos y decisiones difíciles de tomar. A lo que se suma, en este continente, las miles de personas que se ven obligadas a viajar hacia el norte en búsqueda de una vida mejor para sí y para sus seres queridos, en un anhelo de vida con mayores oportunidades. ¿Acaso no es lo que nosotros queremos para nuestros hijos? No debemos dejarnos intimidar por los números, más bien mirar a las personas, sus rostros, escuchar sus historias mientras luchamos por asegurarles nuestra mejor respuesta a su situación. Una respuesta que siempre será humana, justa y fraterna. Cuidémonos de una tentación contemporánea: descartar todo lo que moleste. Recordemos la regla de oro: «Hagan ustedes con los demás como quieran que los demás hagan con ustedes» (Mt 7,12).

Esta regla nos da un parámetro de acción bien preciso: tratemos a los demás con la misma pasión y compasión con la que queremos ser tratados. Busquemos para los demás las mismas posibilidades que deseamos para nosotros. Acompañemos el crecimiento de los otros como queremos ser acompañados. En definitiva: queremos seguridad, demos seguridad; queremos vida, demos vida; queremos oportunidades, brindemos oportunidades. El parámetro que usemos para los demás será el parámetro que el tiempo usará con nosotros. La regla de oro nos recuerda la responsabilidad que tenemos de custodiar y defender la vida humana en todas las etapas de su desarrollo.

Esta certeza es la que me ha llevado, desde el principio de mi ministerio, a trabajar en diferentes niveles para solicitar la abolición mundial de la pena de muerte. Estoy convencido que este es el mejor camino, porque cada vida es sagrada, cada persona humana está dotada de una dignidad inalienable y la sociedad sólo puede  beneficiarse en la rehabilitación de aquellos que han cometido algún delito. Recientemente, mis hermanos Obispos aquí, en los Estados Unidos, han renovado el llamamiento para la abolición de la pena capital. No sólo me uno con mi apoyo, sino que animo y aliento a cuantos están convencidos de que una pena justa y necesaria nunca debe excluir la dimensión de la esperanza y el objetivo de la rehabilitación.

En estos tiempos en que las cuestiones sociales son tan importantes, no puedo dejar de nombrar a la Sierva de Dios Dorothy Day, fundadora del Movimiento del trabajador católico. Su activismo social, su pasión por la justicia y la causa de los oprimidos estaban inspirados en el Evangelio, en su fe y en el ejemplo de los santos.

¡Cuánto se ha progresado, en este sentido, en tantas partes del mundo! ¡Cuánto se viene trabajando en estos primeros años del tercer milenio para sacar a las personas de la extrema pobreza! Sé que comparten mi convicción de que todavía se debe hacer mucho más y que, en momentos de crisis y de dificultad económica, no se puede perder el espíritu de solidaridad internacional. Al mismo tiempo, quiero alentarlos a recordar cuán cercanos a nosotros son hoy los prisioneros de la trampa de la pobreza. También a estas personas debemos ofrecerles esperanza. La lucha contra la pobreza y el hambre ha de ser combatida constantemente, en sus muchos frentes, especialmente en las causas que las provocan. Sé que gran parte del pueblo norteamericano hoy, como ha sucedido en el pasado, está haciéndole frente a este problema.

No es necesario repetir que parte de este gran trabajo está constituido por la creación y distribución de la riqueza. El justo uso de los recursos naturales, la aplicación de soluciones tecnológicas y la guía del espíritu emprendedor son parte indispensable de una economía que busca ser moderna pero especialmente solidaria y sustentable. «La actividad empresarial, que es una noble vocación orientada a producir riqueza y a mejorar el mundo para todos, puede ser una manera muy fecunda de promover la región donde instala sus emprendimientos, sobre todo si entiende que la creación de puestos de trabajo es parte ineludible de su servicio al bien común» (Laudato si’, 129). Y este bien común incluye también la tierra, tema central de la Encíclica que he escrito recientemente para «entrar en diálogo con todos acerca de nuestra casa común» (ibíd., 3). «Necesitamos una conversación que nos una a todos, porque el desafío ambiental que vivimos, y sus raíces humanas, nos interesan y nos impactan a todos» (ibíd., 14).

En Laudato si’, aliento el esfuerzo valiente y responsable para «reorientar el rumbo» (N. 61) y para evitar las más grandes consecuencias que surgen del degrado ambiental provocado por la actividad humana. Estoy convencido de que podemos marcar la diferencia y no tengo alguna duda de que los Estados Unidos –y este Congreso– están llamados a tener un papel importante. Ahora es el tiempo de acciones valientes y de estrategias para implementar una «cultura del cuidado» (ibíd., 231) y una «aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza» (ibíd., 139). La libertad humana es capaz de limitar la técnica (cf. ibíd., 112); de interpelar «nuestra inteligencia para reconocer cómo deberíamos orientar, cultivar y limitar nuestro poder» (ibíd., 78); de poner la técnica al «servicio de otro tipo de progreso más sano, más humano, más social, más integral» (ibíd., 112). Sé y confío que sus excelentes instituciones académicas y de investigación pueden hacer una contribución vital en los próximos años.

Un siglo atrás, al inicio de la Gran Guerra, «masacre inútil», en palabras del Papa Benedicto XV, nace otro gran norteamericano, el monje cisterciense Thomas Merton. Él sigue siendo fuente de inspiración espiritual y guía para muchos. En su autobiografía escribió: «Aunque libre por naturaleza y a imagen de Dios, con todo, y a imagen del mundo al cual había venido, también fui prisionero de mi propia violencia y egoísmo. El mundo era trasunto del infierno, abarrotado de hombres como yo, que le amaban y también le aborrecían. Habían nacido para amarle y, sin embargo, vivían con temor y ansias desesperadas y enfrentadas». Merton fue sobre todo un hombre de oración, un pensador que desafió las certezas de su tiempo y abrió horizontes nuevos para las almas y para la Iglesia; fue también un hombre de diálogo, un promotor de la paz entre pueblos y religiones.

En tal perspectiva de diálogo, deseo reconocer los esfuerzos que se han realizado en los últimos meses y que ayudan a superar las históricas diferencias ligadas a dolorosos episodios del pasado. Es mi deber construir puentes y ayudar lo más posible a que todos los hombres y mujeres puedan hacerlo. Cuando países que han estado en conflicto retoman el camino del diálogo, que podría haber estado interrumpido por motivos legítimos, se abren nuevos horizontes para todos. Esto ha requerido y requiere coraje, audacia, lo cual no significa falta de responsabilidad. Un buen político es aquel que, teniendo en mente los intereses de todos, toma el momento con un espíritu abierto y pragmático. Un buen político opta siempre por generar procesos más que por ocupar espacios (cf. Evangelii gaudium, 222-223).

Igualmente, ser un agente de diálogo y de paz significa estar verdaderamente determinado a atenuar y, en último término, a acabar con los muchos conflictos armados que afligen nuestro mundo. Y sobre esto hemos de ponernos un interrogante: ¿por qué las armas letales son vendidas a aquellos que pretenden infligir un sufrimiento indecible sobre los individuos y la sociedad? Tristemente, la respuesta, que todos conocemos, es simplemente por dinero; un dinero impregnado de sangre, y muchas veces de sangre inocente. Frente al silencio vergonzoso y cómplice, es nuestro deber afrontar el problema y acabar con el tráfico de armas.

Tres hijos y una hija de esta tierra, cuatro personas, cuatro sueños: Abraham Lincoln, la libertad; Martin Luther King, una libertad que se vive en la pluralidad y la no exclusión; Dorothy Day, la justicia social y los derechos de las personas; y Thomas Merton, la capacidad de diálogo y la apertura a Dios.

Cuatro representantes del pueblo norteamericano.

Terminaré mi visita a su País en Filadelfia, donde participaré en el Encuentro Mundial de las Familias. He querido que en todo este Viaje Apostólico la familia fuese un tema recurrente. Cuán fundamental ha sido la familia en la construcción de este País. Y cuán digna sigue siendo de nuestro apoyo y aliento. No puedo esconder mi preocupación por la familia, que está amenazada, quizás como nunca, desde el interior y desde el exterior. Las relaciones fundamentales son puestas en duda, como el mismo fundamento del matrimonio y de la familia. No puedo más que confirmar no sólo la importancia, sino por sobre todo, la riqueza y la belleza de vivir en familia.

De modo particular quisiera llamar su atención sobre aquellos componentes de la familia que parecen ser los más vulnerables, es decir, los jóvenes. Muchos tienen delante un futuro lleno de innumerables posibilidades, muchos otros parecen desorientados y sin sentido, prisioneros en un laberinto de violencia, de abuso y desesperación. Sus problemas son nuestros problemas. No nos es posible eludirlos. Hay que afrontarlos juntos, hablar y buscar soluciones más allá del simple tratamiento nominal de las cuestiones. Aun a riesgo de simplificar, podríamos decir que existe una cultura tal que empuja a muchos jóvenes a no poder formar una familia porque están privados de oportunidades de futuro. Sin embargo, esa misma cultura concede a muchos otros, por el contrario, tantas oportunidades, que también ellos se ven disuadidos de formar una familia.

Una Nación es considerada grande cuando defiende la libertad, como hizo Abraham Lincoln; cuando genera una cultura que permita a sus hombres «soñar» con plenitud de derechos para sus hermanos y hermanas, como intentó hacer Martin Luther King; cuando lucha por la justicia y la causa de los oprimidos, como hizo Dorothy Day en su incesante trabajo; siendo fruto de una fe que se hace diálogo y siembra paz, al estilo contemplativo de Merton.

 

Me he animado a esbozar algunas de las riquezas de su patrimonio cultural, del alma de su pueblo. Me gustaría que esta alma siga tomando forma y crezca, para que los jóvenes puedan heredar y vivir en una tierra que ha permitido a muchos soñar.

Que Dios bendiga a América.




Pope Francis in the US Congress

Pope ask for action on the death penalty, climate change and immigration to US Congress in historic speech.

Please find below the full text of Pope Francis’ address to the Joint Session of the United States Congress:

I am most grateful for your invitation to address this Joint Session of Congress in “the land of the free and the home of the brave”. I would like to think that the reason for this is that I too am a son of this great continent, from which we have all received so much and toward which we share a common responsibility.

Each son or daughter of a given country has a mission, a personal and social responsibility. Your own responsibility as members of Congress is to enable this country, by your legislative activity, to grow as a nation. You are the face of its people, their representatives. You are called to defend and preserve the dignity of your fellow citizens in the tireless and demanding pursuit of the common good, for this is the chief aim of all politics.

A political society endures when it seeks, as a vocation, to satisfy common needs by stimulating the growth of all its members, especially those in situations of greater vulnerability or risk. Legislative activity is always based on care for the people. To this you have been invited, called and convened by those who elected you.

Yours is a work which makes me reflect in two ways on the figure of Moses. On the one hand, the patriarch and lawgiver of the people of Israel symbolises the need of peoples to keep alive their sense of unity by means of just legislation. On the other, the figure of Moses leads us directly to God and thus to the transcendent dignity of the human being. Moses provides us with a good synthesis of your work: you are asked to protect, by means of the law, the image and likeness fashioned by God on every human face.

Today I would like not only to address you, but through you the entire people of the United States. Here, together with their representatives, I would like to take this opportunity to dialogue with the many thousands of men and women who strive each day to do an honest day’s work, to bring home their daily bread, to save money and –one step at a time – to build a better life for their families.

These are men and women who are not concerned simply with paying their taxes, but in their own quiet way sustain the life of society. They generate solidarity by their actions, and they create organisations which offer a helping hand to those most in need.

I would also like to enter into dialogue with the many elderly persons who are a storehouse of wisdom forged by experience, and who seek in many ways, especially through volunteer work, to share their stories and their insights. I know that many of them are retired, but still active; they keep working to build up this land.

I also want to dialogue with all those young people who are working to realise their great and noble aspirations, who are not led astray by facile proposals, and who face difficult situations, often as a result of immaturity on the part of many adults. I wish to dialogue with all of you, and I would like to do so through the historical memory of your people.

My visit takes place at a time when men and women of good will are marking the anniversaries of several great Americans. The complexities of history and the reality of human weakness notwithstanding, these men and women, for all their many differences and limitations, were able by hard work and self-sacrifice – some at the cost of their lives – to build a better future.

They shaped fundamental values which will endure forever in the spirit of the American people. A people with this spirit can live through many crises, tensions and conflicts, while always finding the resources to move forward, and to do so with dignity. These men and women offer us a way of seeing and interpreting reality. In honouring their memory, we are inspired, even amid conflicts, and in the here and now of each day, to draw upon our deepest cultural reserves.

I would like to mention four of these Americans: Abraham Lincoln, Martin Luther King, Dorothy Day and Thomas Merton.

This year marks the one hundred and fiftieth anniversary of the assassination of President Abraham Lincoln, the guardian of liberty, who labored tirelessly that “this nation, under God, [might] have a new birth of freedom”. Building a future of freedom requires love of the common good and cooperation in a spirit of subsidiarity and solidarity.

All of us are quite aware of, and deeply worried by, the disturbing social and political situation of the world today. Our world is increasingly a place of violent conflict, hatred and brutal atrocities, committed even in the name of God and of religion. We know that no religion is immune from forms of individual delusion or ideological extremism.

This means that we must be especially attentive to every type of fundamentalism, whether religious or of any other kind. A delicate balance is required to combat violence perpetrated in the name of a religion, an ideology or an economic system, while also safeguarding religious freedom, intellectual freedom and individual freedoms.

But there is another temptation which we must especially guard against: the simplistic reductionism which sees only good or evil; or, if you will, the righteous and sinners. The contemporary world, with its open wounds which affect so many of our brothers and sisters, demands that we confront every form of polarization which would divide it into these two camps. We know that in the attempt to be freed of the enemy without, we can be tempted to feed the enemy within. To imitate the hatred and violence of tyrants and murderers is the best way to take their place. That is something which you, as a people, reject.

Our response must instead be one of hope and healing, of peace and justice. We are asked to summon the courage and the intelligence to resolve today’s many geopolitical and economic crises. Even in the developed world, the effects of unjust structures and actions are all too apparent.

Our efforts must aim at restoring hope, righting wrongs, maintaining commitments, and thus promoting the well-being of individuals and of peoples. We must move forward together, as one, in a renewed spirit of fraternity and solidarity, cooperating generously for the common good.

The challenges facing us today call for a renewal of that spirit of cooperation, which has accomplished so much good throughout the history of the United States. The complexity, the gravity and the urgency of these challenges demand that we pool our resources and talents, and resolve to support one another, with respect for our differences and our convictions of conscience.

In this land, the various religious denominations have greatly contributed to building and strengthening society. It is important that today, as in the past, the voice of faith continue to be heard, for it is a voice of fraternity and love, which tries to bring out the best in each person and in each society. Such cooperation is a powerful resource in the battle to eliminate new global forms of slavery, born of grave injustices which can be overcome only through new policies and new forms of social consensus.

Here I think of the political history of the United States, where democracy is deeply rooted in the mind of the American people. All political activity must serve and promote the good of the human person and be based on respect for his or her dignity. “We hold these truths to be self-evident, that all men are created equal, that they are endowed by their Creator with certain unalienable rights, that among these are life, liberty and the pursuit of happiness” (Declaration of Independence, 4 July 1776).

If politics must truly be at the service of the human person, it follows that it cannot be a slave to the economy and finance. Politics is, instead, an expression of our compelling need to live as one, in order to build as one the greatest common good: that of a community which sacrifices particular interests in order to share, in justice and peace, its goods, its interests, its social life. I do not underestimate the difficulty that this involves, but I encourage you in this effort.

Here too I think of the march which Martin Luther King led from Selma to Montgomery 50 years ago as part of the campaign to fulfill his “dream” of full civil and political rights for African Americans. That dream continues to inspire us all.

I am happy that America continues to be, for many, a land of “dreams”. Dreams which lead to action, to participation, to commitment. Dreams which awaken what is deepest and truest in the life of a people.

In recent centuries, millions of people came to this land to pursue their dream of building a future in freedom. We, the people of this continent, are not fearful of foreigners, because most of us were once foreigners. I say this to you as the son of immigrants, knowing that so many of you are also descended from immigrants. Tragically, the rights of those who were here long before us were not always respected. For those peoples and their nations, from the heart of American democracy, I wish to reaffirm my highest esteem and appreciation. Those first contacts were often turbulent and violent, but it is difficult to judge the past by the criteria of the present.

Nonetheless, when the stranger in our midst appeals to us, we must not repeat the sins and the errors of the past. We must resolve now to live as nobly and as justly as possible, as we educate new generations not to turn their back on our “neighbors” and everything around us. Building a nation calls us to recognise that we must constantly relate to others, rejecting a mindset of hostility in order to adopt one of reciprocal subsidiarity, in a constant effort to do our best. I am confident that we can do this.

Our world is facing a refugee crisis of a magnitude not seen since the Second World War. This presents us with great challenges and many hard decisions. On this continent, too, thousands of persons are led to travel north in search of a better life for themselves and for their loved ones, in search of greater opportunities. Is this not what we want for our own children?

We must not be taken aback by their numbers, but rather view them as persons, seeing their faces and listening to their stories, trying to respond as best we can to their situation. To respond in a way which is always humane, just and fraternal. We need to avoid a common temptation nowadays: to discard whatever proves troublesome. Let us remember the Golden Rule: “Do unto others as you would have them do unto you” (Mt 7:12).

This Rule points us in a clear direction. Let us treat others with the same passion and compassion with which we want to be treated. Let us seek for others the same possibilities which we seek for ourselves. Let us help others to grow, as we would like to be helped ourselves. In a word, if we want security, let us give security; if we want life, let us give life; if we want opportunities, let us provide opportunities. The yardstick we use for others will be the yardstick which time will use for us. The Golden Rule also reminds us of our responsibility to protect and defend human life at every stage of its development.

This conviction has led me, from the beginning of my ministry, to advocate at different levels for the global abolition of the death penalty. I am convinced that this way is the best, since every life is sacred, every human person is endowed with an inalienable dignity, and society can only benefit from the rehabilitation of those convicted of crimes. Recently my brother bishops here in the United States renewed their call for the abolition of the death penalty. Not only do I support them, but I also offer encouragement to all those who are convinced that a just and necessary punishment must never exclude the dimension of hope and the goal of rehabilitation.

In these times when social concerns are so important, I cannot fail to mention the Servant of God Dorothy Day, who founded the Catholic Worker Movement. Her social activism, her passion for justice and for the cause of the oppressed, were inspired by the Gospel, her faith, and the example of the saints.

How much progress has been made in this area in so many parts of the world! How much has been done in these first years of the third millennium to raise people out of extreme poverty! I know that you share my conviction that much more still needs to be done, and that in times of crisis and economic hardship a spirit of global solidarity must not be lost.

At the same time I would encourage you to keep in mind all those people around us who are trapped in a cycle of poverty. They too need to be given hope. The fight against poverty and hunger must be fought constantly and on many fronts, especially in its causes. I know that many Americans today, as in the past, are working to deal with this problem.

It goes without saying that part of this great effort is the creation and distribution of wealth. The right use of natural resources, the proper application of technology and the harnessing of the spirit of enterprise are essential elements of an economy which seeks to be modern, inclusive and sustainable. “Business is a noble vocation, directed to producing wealth and improving the world. It can be a fruitful source of prosperity for the area in which it operates, especially if it sees the creation of jobs as an essential part of its service to the common good” (Laudato Si’, 129).

This common good also includes the earth, a central theme of the encyclical which I recently wrote in order to “enter into dialogue with all people about our common home” (ibid., 3). “We need a conversation which includes everyone, since the environmental challenge we are undergoing, and its human roots, concern and affect us all” (ibid., 14).

In Laudato Si’, I call for a courageous and responsible effort to “redirect our steps” (ibid., 61), and to avert the most serious effects of the environmental deterioration caused by human activity. I am convinced that we can make a difference, I'm sure and I have no doubt that the United States – and this Congress – have an important role to play. Now is the time for courageous actions and strategies, aimed at implementing a “culture of care” (ibid., 231) and “an integrated approach to combating poverty, restoring dignity to the excluded, and at the same time protecting nature” (ibid., 139). “We have the freedom needed to limit and direct technology” (ibid., 112); “to devise intelligent ways of… developing and limiting our power” (ibid., 78); and to put technology “at the service of another type of progress, one which is healthier, more human, more social, more integral” (ibid., 112). In this regard, I am confident that America’s outstanding academic and research institutions can make a vital contribution in the years ahead.

A century ago, at the beginning of the Great War, which Pope Benedict XV termed a “pointless slaughter”, another notable American was born: the Cistercian monk Thomas Merton. He remains a source of spiritual inspiration and a guide for many people. In his autobiography he wrote: “I came into the world. Free by nature, in the image of God,

I was nevertheless the prisoner of my own violence and my own selfishness, in the image of the world into which I was born. That world was the picture of Hell, full of men like myself, loving God, and yet hating him; born to love him, living instead in fear of hopeless self-contradictory hungers”. Merton was above all a man of prayer, a thinker who challenged the certitudes of his time and opened new horizons for souls and for the Church. He was also a man of dialogue, a promoter of peace between peoples and religions.

From this perspective of dialogue, I would like to recognize the efforts made in recent months to help overcome historic differences linked to painful episodes of the past. It is my duty to build bridges and to help all men and women, in any way possible, to do the same. When countries which have been at odds resume the path of dialogue – a dialogue which may have been interrupted for the most legitimate of reasons – new opportunities open up for all.

This has required, and requires, courage and daring, which is not the same as irresponsibility. A good political leader is one who, with the interests of all in mind, seizes the moment in a spirit of openness and pragmatism. A good political leader always opts to initiate processes rather than possessing spaces (cf. Evangelii Gaudium, 222-223).

Being at the service of dialogue and peace also means being truly determined to minimise and, in the long term, to end the many armed conflicts throughout our world. Here we have to ask ourselves: Why are deadly weapons being sold to those who plan to inflict untold suffering on individuals and society? Sadly, the answer, as we all know, is simply for money: money that is drenched in blood, often innocent blood. In the face of this shameful and culpable silence, it is our duty to confront the problem and to stop the arms trade.

Three sons and a daughter of this land, four individuals and four dreams: Lincoln, liberty; Martin Luther King, liberty in plurality and non-exclusion; Dorothy Day, social justice and the rights of persons; and Thomas Merton, the capacity for dialogue and openness to God.

I will end my visit to your country in Philadelphia, where I will take part in the World Meeting of Families. It is my wish that throughout my visit the family should be a recurrent theme. How essential the family has been to the building of this country! And how worthy it remains of our support and encouragement! Yet I cannot hide my concern for the family, which is threatened, perhaps as never before, from within and without. Fundamental relationships are being called into question, as is the very basis of marriage and the family. I can only reiterate the importance and, above all, the richness and the beauty of family life.

In particular, I would like to call attention to those family members who are the most vulnerable, the young. For many of them, a future filled with countless possibilities beckons, yet so many others seem disoriented and aimless, trapped in a hopeless maze of violence, abuse and despair. Their problems are our problems. We cannot avoid them. We need to face them together, to talk about them and to seek effective solutions rather than getting bogged down in discussions. At the risk of oversimplifying, we might say that we live in a culture which pressures young people not to start a family, because they lack possibilities for the future. Yet this same culture presents others with so many options that they too are dissuaded from starting a family.

A nation can be considered great when it defends liberty as Lincoln did, when it fosters a culture which enables people to “dream” of full rights for all their brothers and sisters, as Martin Luther King sought to do; when it strives for justice and the cause of the oppressed, as Dorothy Day did by her tireless work, the fruit of a faith which becomes dialogue and sows peace in the contemplative style of Thomas Merton.

In these remarks I have sought to present some of the richness of your cultural heritage, of the spirit of the American people. It is my desire that this spirit continue to develop and grow, so that as many young people as possible can inherit and dwell in a land which has inspired so many people to dream.

 

 

God bless America!

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